Seguramente conoces a alguna persona que entra en una habitación y, antes de abrir la boca, ya ha captado el tono de voz de los demás o el silencio que se acaba de hacer. Es como si supieran leer el humor de los demás al momento. Ese radar puede tener su origen en una infancia en hogares tensos o imprevisibles, donde el humor de los adultos marcaba el clima del día.
Muchas personas que crecieron así no recuerdan aquello como un problema, porque para ellas era lo normal. Sobre esto trata un estudio con casi 30.000 niños, que describe la imprevisibilidad en casa como una forma de adversidad menos visible, que a menudo pasa desapercibida y que se asocia con más depresión y ansiedad, entre otros problemas.
Pero que algo se normalice no quiere decir que se esfume. Sus efectos pueden quedarse de forma silenciosa, acabar formando parte de la personalidad e ir influyendo en cómo nos relacionamos.
Un radar que se enciende en la infancia
Cuando un niño crece en un ambiente donde todo puede cambiar de un momento a otro, va desarrollando mecanismos para adaptarse sin elegirlo, porque los necesita para desenvolverse. La psicóloga Susan Albers lo explica en una guía sobre hipervigilancia de la Cleveland Clinic con el ejemplo de un niño que crece en un hogar con maltrato, donde el padre o la madre puede pasar sin aviso del buen humor a la ira, y que aprende a captar señales muy sutiles porque saber cómo está el adulto le ayuda a protegerse.
Vamos, que un cambio en el tono de voz, un silencio inesperado o un gesto concreto acaban funcionando como señales de alarma. Y esa costumbre puede seguir activa en la edad adulta, ya que, según la misma guía, la hipervigilancia está muy vinculada al trauma infantil y quienes la viven tienden a observar con detalle los cambios de tono o de lenguaje corporal de las personas de su entorno.
Eso sí, la guía aclara que la hipervigilancia no es un diagnóstico, y Albers añade que a veces es un rasgo de quien está más pendiente de los sentimientos ajenos y que, cuando es crónica o intensa, suele ser síntoma de otro problema de salud mental. Por eso esa capacidad de leer a la gente puede confundirse con una gran intuición o sensibilidad, aunque también puede reflejar un sistema de alerta que nunca llegó a apagarse.
Quien creció en un hogar estable tiende a vivir una discusión como algo excepcional, mientras que quien conoció otra realidad desde pequeño puede no verla como anormal, porque su idea de normalidad se construyó en ese contexto.
Vigilarlo todo o no inmutarse
Lo curioso es que una misma experiencia no siempre da la misma respuesta. Hay quien está pendiente de todo lo que ocurre a su alrededor y hay quien da la impresión de una calma absoluta, dos reacciones opuestas que pueden surgir como adaptaciones al mismo entorno impredecible.
De hecho, la teoría de la seguridad emocional describe algo parecido. Según un estudio de la Universidade da Coruña publicado en Psicología Educativa, cuando los adolescentes perciben que el conflicto entre sus padres amenaza su seguridad, suelen mostrarse preocupados y reaccionar enseguida o, en el otro extremo, manifestar indiferencia, lo que se conoce como desvinculación.
Y luego está la intimidad. Quienes vivieron discusiones familiares en la infancia pueden desear relaciones cercanas y profundas y, a la vez, temer que acercarse demasiado acabe haciéndoles daño. La guía de la Cleveland Clinic apunta en esa línea, ya que explica que la hipervigilancia puede impedir confiar en los demás o acercarse a ellos, aunque también puede empujar hacia un apego ansioso que sea igualmente dañino.
Qué dice la teoría de la seguridad emocional
Esta teoría la formularon E. M. Cummings y P. T. Davies en 1994, y amplía la mirada de la teoría del apego que había desarrollado el psiquiatra infantil británico John Bowlby. El estudio gallego explica que para los hijos es importante tener un vínculo especial con sus figuras de apego, pero también sentir que el conjunto de su familia es un lugar seguro.
Pero el conflicto entre los padres, sobre todo cuando es destructivo y los desacuerdos no se resuelven, puede ser una de las mayores amenazas para esa seguridad emocional. Los niños no se quedan al margen, sino que observan esas discusiones y van formándose una idea de cómo funcionan las relaciones a partir de ellas.
Y el trabajo gallego, hecho con 196 adolescentes, va en esa dirección, ya que cuanto más intenso, frecuente y sin resolver era el conflicto entre los padres, y más amenazados se sentían por él, menos seguros estaban en su familia.
Las cuatro fases del apego según Bowlby
El centro de psicología PSISE de Madrid resume que Bowlby describió la formación del vínculo de apego como un proceso gradual en cuatro etapas, que se reparten entre los primeros meses de vida y los tres años.
En la primera, la de preapego, en los dos primeros meses, el bebé todavía no distingue hacia quién dirige sus conductas de apego, así que separarse de su cuidador principal puede no causarle un gran malestar. Entre los dos y los seis meses llega la fase de instauración del apego, en la que empieza a diferenciar a sus cuidadores y a mostrar preferencias por ellos.
Alrededor de los siete meses aparece la fase de exploración activa y búsqueda de proximidad, cuando el niño explora el entorno con más autonomía y busca la cercanía de cuidadores concretos, a los que utiliza como base segura. La última, la de la “relación corregida por los objetivos”, llega hacia los tres años: gracias a su desarrollo cognitivo, el niño negocia esa cercanía en un plano psicológico y simbólico, más allá del contacto físico.
PSISE recoge, traducida de su obra de 1973, una de sus ideas más conocidas: “Cuando una persona está segura de que su figura de apego estará disponible para él cuando lo desee, estará mucho menos dispuesto a experimentar miedo intenso o crónico que una persona que, por cualquier razón, no tiene la misma seguridad”. Bowlby explica también que esa seguridad “se construye progresivamente a lo largo del desarrollo (infancia y adolescencia)” y que las expectativas que se forman durante ese periodo “tienden a mantenerse relativamente estables a lo largo del ciclo vital”.
Foto | Marisa Howenstine
En Vitónica | Los expertos en psicología coinciden: quienes hablan con sus mascotas suelen tener más empatía
–
La noticia
La psicología dice que los adultos que de niños crecieron en hogares donde los cambios de humor eran constantes pueden convertirse en observadores intensos
fue publicada originalmente en
Vitónica
por
Redacción Vitónica
.



